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Introducción
¿Escaparon realmente Adolf Hitler y su esposa Eva
Braun de Europa?
¿Se trató de un gran fraude el supuesto suicidio de
ambos en el búnker de Berlín?
¿La humanidad vivió engañada más de medio siglo?
¿La fuga de los dos se realizó con acuerdo de los
Aliados?
¿Ambos llegaron a Argentina, en submarino, donde
vivieron por años?
Oculta por sesenta años en pleno siglo XXI, en caso
de confirmarse oficialmente, la huida de Hitler
sería uno de los temas más polémicos de la historia
contemporánea por las implicaciones de todo tipo que
significa ese escape silencioso ante las narices de
la sociedad mundial. Demostrar que esta operación de
salvataje de última hora -realizada para que el
líder del nacionalsocialismo no muriera en manos del
ejército comunista- realmente existió implica un
esfuerzo conjunto de investigadores independientes,
de distintos países. Especialmente porque se deben
enfrentar las presiones que surgen por contradecir
la versión oficial, sostenida por poderosos
intereses económicos y políticos internacionales.
Los mismos -exclusivos círculos del poder mundial-
que en 1945 estaban al tanto del falso suicido del
líder del nazismo y su esposa.
El fenómeno espectacular de la globalización de la
información ha producido grandes cambios en los
últimos tiempos. La situación no era como hoy
durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se admitía
sin cuestionamientos que los Aliados, liderados por
Estados Unidos, eran los abanderados de la libertad,
la defensa de los derechos humanos, la moral y de
todos los valores positivos de la humanidad. Por el
contrario Adolf Hitler representaba al demonio y
encarnaba las ideas diabólicas que, a cualquier
costo, había que aniquilar. Esta clasificación, en
blanco y negro sin grises posibles, fue la que se
transmitió y aceptó la humanidad. Bajo esos
conceptos se desarrolló el conflicto bélico más
grande de la historia que generó millones de muertos
y cuantiosos daños.
Pero los acontecimientos recientes, de fines del
siglo XX y comienzos del XXI
-difundidos masivamente mediante una colosal red
global de información- nos permiten vislumbrar que
esa “verdad” sobre la Segunda Guerra Mundial podría
haber sido distinta. O sea que “el mal” no era una
característica exclusiva de Hitler y los nazis, sino
que se extendía y ramificaba a los Aliados. Esto hoy
es una realidad palpable de la política
internacional, la que se puede conocer por las
informaciones que nos llegan todos los días de los
sucesos que se registran en cualquier lugar del
globo. Así por ejemplo sobre el conflicto de Irak se
conoció la versión de los norteamericanos pero
también otras distintas que trasmitieron las cadenas
de información no alineadas a los intereses de
Estados Unidos.
Cuando por ejemplo en el 2004 la humanidad pudo ver
por televisión los bombardeos que sufrió la
población civil de Irak -generalmente sucesos
terribles calificados como "daños colaterales"- o
las torturas a las que fueron sometidos los
prisioneros de guerra iraquíes, por parte del
ejército de los Estados Unidos, mucha gente se dio
cuenta que John Wayne murió, que no siempre los
malos están del otro lado y que el gobierno de USA (United
States of America), así como las grandes empresas
multinacionales, crean guerras, matan -con armas o
generando situaciones de pobreza extrema- y
desequilibran a otras naciones, instauran líderes
despóticos y sanguinarios, y los sostienen
impunemente.
Esto antes también era así, pero la diferencia es
que hoy la humanidad puede tener acceso a más datos,
provenientes de distintas fuentes, ampliando la
cantidad de información necesaria como para poder
elaborar una opinión propia.
Años atrás la realidad era muy diferente,
especialmente durante la guerra cuando, como se
sabe, la verdad se deshace en pedazos. La falta de
múltiples canales de información, a diferencia del
presente, ayudó a que no se conocieran ciertos
hechos que el revisionismo comienza a sacar a la luz
más de medio siglo después.
Hay que pensar que Adolf Hitler llegó al poder
admirando la política racista de los Estados Unidos
e instando a los alemanes a imitar en ese sentido a
los norteamericanos. En la década del ‘20, cuando
difundía la ideología nazi, Hitler decía: “Al
prohibir terminantemente la entrada en su territorio
de inmigrantes afectados de enfermedades
infecto-contagiosas y excluir de la naturalización,
sin reparo alguno, a los elementos de determinadas
razas, los Estados Unidos reconocen en parte el
principio que fundamenta la concepción racial del
Estado Nacionalsocialista”.
Hitler se mantuvo en el poder, antes y durante la
guerra, recibiendo el apoyo permanente de los
sectores de la ultraderecha de la nación del norte y
de Inglaterra. Esta situación es clave para
comprender los hechos que se narran en esta obra: el
vínculo entre nazis y anglo-norteamericanos fue
mayor del que se piensa.
Al respecto todos los días surgen elementos y
pruebas nuevas que comprometen en ese sentido a
quienes fueran reconocidos políticos, empresarios y
militares de la nación más poderosa del planeta.
El mundo de hoy nos ayuda a comprender una versión
no oficial de la historia, sobre la cual este libro
representa solamente un pequeño aporte, un grano de
arena para conocer la verdad. Si Hitler escapó en
1945 -sobre su suerte se construyó un gran fraude
cuya piedra angular era el supuesto suicidio- es
impensable que esto ocurriera sin apoyo de Estados
Unidos y de poderosos sectores ideológicos afines al
Führer, independientemente del país donde se
encontraran los partidarios del nazismo.
Esta afirmación -que suele golpear y que en
principio genera asombro pero raramente
indiferencia- tiene una explicación posible en el
contexto internacional que se registraba a fines de
la Segunda Guerra.
Fueron los rusos, o sea las fuerzas comunistas, las
que avanzaron sobre Berlín en dirección al bunker
donde un Hitler de 56 años resistía los
acontecimientos que a esa altura, como él mismo
sabía, eran irreversibles.
Fueron los soviéticos quienes doblegaron las fuerzas
de defensa de la ciudad y finalmente ingresaron al
hasta entonces inexpugnable refugio de Berlín para
apresar a Hitler.
A esa altura de los sucesos -los nazis ya sabían que
perderían la guerra desde hacía un par de años y por
ello habían preparado un plan de evacuación- el
Führer, el gran enemigo que en un momento había
parecido invencible, estaba derrotado. Pero aun así
era útil en la lucha contra el comunismo en Europa.
Esto lo sabían los Aliados y la muerte de Hitler
hubiera representado una gran pérdida -si no la
mayor que podría ocurrir respecto a los líderes
anticomunistas- para una futura contienda contra los
soviéticos. En consecuencia Estados Unidos, y
especialmente los intereses de la derecha
anglo-norteamericana, tenían en claro que había que
salvar a Hitler.
Se podía sacrificar, tal como se hizo, una pequeña
parte de la “primera línea” nazi, que fue condenada
por los tribunales de Nüremberg, pero no al “número
uno”. Gozaban también de protección absoluta su
legítima esposa, Eva Braun, así como algunos
jerarcas que jamás fueron capturados.
Por eso Hitler es evacuado -el plan original fue
concebido por los nazis, así como su
instrumentación, pero se pudo ejecutar recién a
partir del momento que Berlín recibió la luz verde
de Washington- hacia un lugar alejado y seguro en el
mundo, como lo era la Patagonia.
Cuando los efectivos soviéticos entraron al refugio
de Hitler, el líder ruso Joseph Stalin
inmediatamente pidió un informe sobre la suerte
corrida por el presidente de Alemania. La noticia
que le dieron sus generales fue terminante: el
hombre más buscado había escapado. En esos mismos
términos Stalin comunicó la novedad a Estados
Unidos. La ampliación de la impactante información
inicial es inquietante ya que los soviéticos
afirmaron además que Hitler había huido en
submarino, con destino presunto a España o
Argentina.
Todo lo antedicho se encuentra documentado -fue
publicado inclusive por los diarios de la época- y
quien quiera cuestionar la huída de Hitler debería
empezar por conocer esta parte de la historia
oficial tapada luego con desinformación también
oficial.
Era claro en aquel momento -con las fuerzas
militares de Stalin sobre Alemania y gran parte de
Europa- que se estaba en los albores de una nueva
situación mundial, que implicaba una creciente
tensión entre los países aliados y el gobierno de
Moscú. En definitiva, se enfrentaba el capitalismo
contra el comunismo ateo. Los nazis rechazaban la
ideología de Carlos Marx y, a diferencia de la
ideología de izquierda, permitían la existencia del
capital y la iniciativa privada. La economía alemana
tenía un fuerte control estatal pero consentía a las
empresas particulares y a la propiedad privada. Por
lo tanto la posición del Tercer Reich era más
cercana a Washington que a Moscú.
El “salvataje” de Hitler significaba un triunfo ante
el amenazante “peligro rojo”, dispuesto a avanzar
sobre otros países del globo. Era una garantía, una
precaución. Una forma de asegurarse la supervivencia
de un líder que, a no dudarlo, quizás podía ser útil
en el día de mañana. Ese momento futuro se
vislumbraba como una tercera guerra mundial -había
que hacer retroceder a los rusos de Europa hacia el
Este por todos los medios posibles- que podría
comenzar a los pocos meses de haber culminado la
Segunda. Esto ya estaba en los planes de las
potencias aliadas.
¿Quién podría comandar ese combate en Europa contra
los soviéticos?
¿Quién con un solo discurso pondría en pie al
ejército alemán?
¿Quién haría levantar a las masas en contra de
Moscú?
Evidentemente el dirigente más capaz para esa
“cruzada” era Hitler. Y el ejército ideológicamente
mejor preparado, para ese combate contra el
comunismo, era el nazi.
Cuando Berlín se rinde, el 8 de mayo de 1945, los
estrategas estaban viendo el día después, el reparto
del mundo, el próximo conflicto en puerta y todo lo
que ello significaba.
Esta explicación, acerca de la “obligación” de
salvar a Hitler, quizás no hubiera sido comprendida
hace algunos años atrás, cuando todavía en el mundo
occidental se pensaba que había un bando bueno y
otro malo. El primero liderado por Estados Unidos, y
conformado por países así como sectores empresarios
y políticos afines, con intereses comunes, y con
“buenas intenciones”. Enfrente el nazismo. De haber
sido realmente así Hitler no hubiera tenido
escapatoria…
Hoy en cambio, se desnuda la verdad de que los
buenos no son tan buenos. Se comprende que la causa
de los grandes males del mundo son los fuertes
intereses económicos que hacen y deshacen países,
generan guerras, y matan a millones de personas
inocentes.
Quizás entonces ahora, con esta visión del planeta
distinta, asequible a todos por los modernos
circuitos de comunicación, la historia del escape de
Hitler se vuelve creíble y comprensible. O al menos
tema de debate y no una mera verdad impuesta por los
intereses de turno. Quizás quienes critican esta
nueva visión de la historia puedan hacerlo desde una
perspectiva que enriquezca la temática, porque una
cosa es segura, sólo de la confrontación de ideas
surge la verdad, y cada día más todo parece indicar
que ésta fue muy distinta a la que nos contaron.
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